Por azares del destino me llegó El Laberinto de la Soledad, ensayo escrito hace más de 70 años por el poeta y ensayista Octavio Paz Lozano (OP), de solo 35 años (nació en 1914); según entendidos, escribió una obra maestra, un texto clásico de la literatura moderna mexicana. No fue su primer libro, a los 29 escribió Luna silvestre, en 1936 ¡No pasarán!, en 1937 Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España, y en 1949 Libertad bajo palabra, todos poemarios.
Mi vista recorre ávidamente sus párrafos, quiere avanzar por el interés despertado, pero no puede, es la mente que hala las bridas, no permite pasar de una oración a otra, sin que divague: —¡Alto! ¿Qué quiere decir con esto?—, y ya no es El Laberinto de la Soledad, es adentrarse a un laberinto propio, el mío, el tuyo, el del lector que se ve obligado a abrir su intelecto. A efectuar comparaciones de la realidad mexicana que trasciende de la cultura azteca por él descrita, con las nuestras, con la aymara, la quechua, en fin, con la boliviana, estableciendo un sincretismo paralelo, diferencias divergentes y antagónicas.
Su ensayo permite abrir nuevos derroteros, a andar y desandar lo que ilusamente creíamos avanzado. Repensar ¿por qué nuestro carácter taciturno, ensimismado, encerrado en nosotros mismos? ¿Tal vez, también, la Soledad? Será entonces una nueva lectura, desde nuestra propia mirada —imposible que pueda ser una ajena—, para ello partiremos de su opinión sobre la muerte de la cultura azteca: La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Qué filosofía de vida tan diferente, nos causa extrañeza, es tan difícil de entender… el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre insatisfecha. Con esta aclaración seguimos confundidos, necesitamos más: El sacrificio poseía un doble objeto: por una parte, el hombre accedía al proceso creador (pagando a los dioses, simultáneamente, la deuda contraída por la especie); por la otra, alimentaba la vida cósmica y la social, que se nutría de la primera. Es esto, lo especial que definía su cultura o es la manera especial expresada por OP, para tener discernimiento (más luces) y menos (sombras) desconocimiento, apelamos a Johansson, estudioso de esa cultura: “Para ellos no había una vida después de la muerte. La vida seguía dentro de la muerte, la muerte formaba parte de la vida. Cuando alguien moría en el mundo náhuatl, dejaba de existir, pero seguía viviendo”. Esta es la gran diferencia de concepción azteca sobre la vida y la muerte: dejaba de existir pero seguía viviendo, La vida se prolongaba en la muerte. Así lo había escrito OP —por supuesto era eso—. Totalmente diferente a la concepción aymara sobre la muerte que es como tomarse una pausa, un descanso antes de continuar un nuevo camino, en el que afrontará desafíos y trabajos que podrán causarle sufrimiento.
Pero —siempre hay un pero—, tal vez porque estas culturas eran ágrafas, y al devenir el tiempo, debido a que sus primeros cronistas nativos o foráneos, venían cargados con la cruz y tenían preconceptos cristianos. Para ellos existía un regalo prometido por Jesús que era la vida después de la muerte, por lo que sus estudios presumen ya este hecho y unimismen vida y muerte, con el prejuicio vida, muerte y vida eterna. Por eso la cosmovisión andina, aymara y quechua, bajo esa influencia, plantea que la muerte es el viaje a otra dimensión de la vida, por lo que la muerte sería considerada como parte de la vida, tal como la cultura azteca, con la diferencia conceptual (pagando a los dioses, simultáneamente, la deuda contraída por la especie) ya mencionada, y porque: Posiblemente el rasgo más característico de esta concepción es el sentido impersonal del sacrificio. Del mismo modo que su vida no les pertenecía, su muerte carecía de todo propósito personal, (…) no creían que su muerte les pertenecía, como jamás pensaron que su vida fuese realmente «su vida», en el sentido cristiano de la palabra. El azteca era tan poco responsable de sus actos como de su muerte. Frente a la conquista y a la colonización, los aztecas sienten que los dioses los han abandonado, los han dejado en la orfandad. Ante sus dioses sangrientos, crueles, implacables, también reciben esperanzados al hombre-dios, sacrificado por ellos en una cruz para darles el paraíso prometido después de la muerte.
A partir de aquello, al mercado cautivo del Abya Yala llegaron en oferta las diferentes religiones, primero misioneros y sacerdotes, luego rabinos, pastores, bonzos, etc., ofreciendo diferentes alternativas: Dejar este valle de lágrimas y viajar al cielo, el continuum de la vida en otras vidas, la rencarnación, la palingenesia, la espera en el limbo del juicio final, o como en el caso de los ateos que no creen en Dios, ni alma, ni espíritu, la vida deviene en la muerte y Sanseacabó. Ya no era El Laberinto de la Soledad, fue El Dédalo de Congregaciones, acumulando fieles y devotos en su haber, dando de baja a teogonías, politeísmo, ídolos, astros o numen, y a sus representantes en la tierra: Brujos, hechiceros, hierofantes y a nuestros contristados kallawayas, porque llegaron las multinacionales del espíritu.
Retomemos a OP en su pensamiento: Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. Generalizando a todos los pueblos originarios, cuya concepción era relativa y no tajante como para nosotros, aunque pudimos ver un abanico de alternativas de fe y creencias sobre la muerte, como culminación de la etapa de la vida o la apertura a otros estadios sobrenaturales, tomando en cuenta la escisión del ser en cuerpo, alma y espíritu. Esta ambigüedad en el texto analizado y en la vida real nos permite reflexionar: ¿Qué esperamos de la muerte y después de ella? —Esto último es un misterio inrresoluble—, por lo que lo dejamos de lado. Nos interesa la muerte, no como fin en sí misma o fin de la vida, sino más bien como la etapa final de la vida. Muy pocos dirían como Teresa de Jesús: “Ven, muerte, tan escondida, que no te sienta venir porque el placer del morir no me torne a dar la vida”. La mayoría creemos engañar a la Parca, no pensando en ella.
Es posible que todas las legislaciones y constituciones de los países, establezcan el Derecho a la Vida, con diferentes matices y particularidades. La de Bolivia establece: “Toda persona tiene derecho a la vida y a la integridad física, psicológica y sexual”. Paralelamente, casi todas las religiones prohíben el suicidio, considerándolo un pecado capital. La Biblia, entre otros libros sagrados, considera al suicidio como un asesinato, asesinarse uno mismo. Solo Dios decide cuándo y cómo uno va a morir. El Derecho a la Vida es innegable, desde cualquier punto de vista, como también lo es el Derecho a la Vida Digna, pero la humanidad no se conduele de la muerte de millones de inocentes por hambre, sed, guerra y enfermedades, nuestra indiferencia los está matando. Tampoco aceptamos el Derecho a la vida digna en su etapa final, invisibilizada por conflictos religiosos, legales, morales, y que, tal vez, violentan nuestros usos y costumbres. Parece natural que el paciente sufra espantosos dolores, que viva como un vegetal, que su vida enclaustrada dependa de aparatos, cuando ya siete países en el mundo permiten la eutanasia como prestación de ayuda para morir —Horror, es un suicidio asistido (dirían unas beatas). Lo es y qué.

La publicación de: Esto no es un Ensayo, realizado por la revista 88 grados en mi facebook, hoy 19.1.26 tiene 1.292 vistas y 267 me gusta.
Me parece que Nelson hace un análisis del texto de la mayor obra de Octavio Paz Laberintos de Soledad muy interesante donde aprendí como la cultura azteca entendía la relación vida – muerte – vida y la compará con el pensamiento del tema de la culturas andinas aymara y quechua. No se si cabe aquí una sugerencia como corolario al último párrafo, si se podría complementar una descripción o análisis de la etapa de la vejez previa a la muerte en estas nuestras culturas.
Estimado Francisco, como está en el resumen, este ensayo lo escribí el 5 de mayo del 2024, para hacerlo revisé mucha documentación al respecto y me aboque al paso hacia el más allá, y después de terminar el tema analizado, paso la hoja al siguiente tema. Pero tu sugerencia de: «Complementar una descripción o análisis de la etapa de la vejez previa a la muerte en nuestras culturas». Es realmente muy interesante tema y me dejaste intrigado, por lo que me comprometo a investigarlo, eso sí no va a ser pronto porque estoy en la edición de mi tercer libro que espero difundirlo en marzo. Muchas gracias por tu inquietud.
Nelson… desde mi lente de ingeniero, veo en tu ensayo una obra de infraestructura mental muy sólida, tratare de enfocar mi comentario, al puro estilo de arquitecto y literato que eres, según mi punto de análisis y haber leído varias veces para poder darle una figura que yo pueda apropiar a mi lectura, ya que puedes interpretar de muchos ángulos, esa es la riqueza de lo que plasmas …vamos al tema… has diseñado un puente que conecta la estratigrafía de la cultura azteca con los cimientos de la identidad aymara, logrando que conceptos tan pesados como la muerte fluyan sin crear vibraciones estructurales. Tu análisis sobre Octavio Paz funciona como un plano de corte que revela las capas de influencia cristiana que ‘impermeabilizaron’ nuestra visión original de la existencia. Finalmente, planteas la eutanasia no como una demolición, sino como un desmontaje controlado y digno de una estructura que ya cumplió su vida útil. «Es un ensayo con una estética funcional impecable: breve, resistente y con una gran carga de profundidad humana.»… Gracias por compartir tu tiempo con tus lectores.
Marco, al leer tu opinión sobre el ensayo no pareces solo ingeniero sino también filósofo, tus observaciones son agudas y como escritor me siento halagado por el hecho que la apertura de lo escrito permita diferentes apreciaciones, la tuya es diferente muy particular. «El laberinto de la Soledad» de Octavio Paz, me permitió hacer una interrelación de la cosmovisión andina y la azteca sobre la muerte, que me sirve de pretexto sobre el proceso de desculturización religiosa que se dio en América y aproveche para introducir el concepto de Derecho a la Vida Digna. Me interesa mucho tu interpretación: …planteas la eutanasia no como demolición, sino como un desmontaje controlado y digno de una estructura que ya cumplió su vida útil. Wow, me impresionaste. Muchas gracias por tus conclusiones sobre este trabajo.